ALQUIMIA
Tradición que no murió
Dr. Gerard Encausse (Papus)
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo I
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo II
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo III
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo IV
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo V
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo VI
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo VII
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo VIII
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo IX
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo X
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XI
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XII
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XIII
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XIV
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XV
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XVI
Capítulo IX
Primera Operación: Mercurio De Los Filósofos
Un alquimista del siglo XIX, conocido únicamente
bajo el seudónimo de Cyliani, pasó más de cuarenta años estudiando
la Piedra Filosofal. Según él, logró su objetivo en 1837, después
de espantosas desdichas.
Por su valor documental, damos a continuación la preparación completa,
escrita por Cyliani en su libro titulado Hermes develado (Hermès
dévolé). Esta obra es absolutamente inhallable.
El estudio que publicamos es precedido por la narración de un sueño
durante el cual un “espíritu planetario” revela a nuestro alquimista
el secreto que tanto buscaba. Después de este relato, comienza al
siguiente tratado que casi constituye, por sí solo, la obra de Cyliani.
Tomé la materia que contiene las dos naturalezas metálicas y empecé
a embeberla, poco a poco, con el espíritu astral, a fin de despertar
los dos fuegos interiores que estaban como apagados, secando ligeramente
y triturando circularmente todo con el calor del sol; después, repetí
esto y lo humedecí cada vez más, secando y triturando hasta que
la materia tomó el aspecto de una masa ligeramente espesa.
Entonces, vertí encima una nueva cantidad de espíritu astral, de
manera que sobrenadara en la materia, y lo dejé todo así durante
cinco días, al cabo de los cuales decanté diestramente el líquido
o la disolución, que conservé en un lugar frío. Después, sequé
directamente al calor solar la materia restante en el vaso de vidrio
de unos tres dedos de altura; embebí, trituré, sequé y disolví,
como ya lo había hecho antes, y reiteré esto hasta haber disuelto
todo lo susceptible de serlo, teniendo cuidado de verter cada disolución
en el mismo vaso bien tapado. Puse éste, durante diez días, en el
lugar más frío que pude encontrar.
Una vez que transcurrieron los diez días, puse toda la solución
a fermentar en un recipiente durante cuarenta días, al cabo de los
cuales se precipitó una materia negra por el efecto del calor interno
de la fermentación. Entonces, la destilé sin fuego, lo mejor que
me fue posible, y la puse en un vaso de vidrio blanco, con tapón
esmerilado, en un lugar húmedo y frío.
Tomé la materia negra e hice que se secara con el calor del sol,
como ya lo dije, repitiendo las imbibiciones con el espíritu astral;
las interrumpí tan pronto advertí que la materia empezaba a secarse.
Dejé que se secara sola. Hice esto tantas veces como fue necesario
para que la materia tomara la apariencia de un pez negro y brillante.
Entonces, la putrefacción fue total e interrumpí el fuego exterior
para no dañar para nada la materia con la combustión del alma blanda
de la tierra negra. Por este medio, la materia se convirtió en algo
parecido a estiércol de caballo. De acuerdo con lo que dicen los
filósofos, hay que dejar que actúe el calor interior de la materia
misma.
A esta altura, es preciso recomenzar con el fuego exterior para
coagular la materia y su espíritu. Después de dejar que se seque
sola, se la embebe, poco a poco y cada vez más, con su líquido destilado
que se tiene aparte, el cual contiene su propio fuego embebida,
se la tritura y se la pone a secar con suave calor solar hasta que
haya “bebido” toda su agua.
Por este medio, el agua se transforma enteramente en tierra, y esta
última, por su disecación, se transforma en un polvo blanco al que
también se llama “aire”, el cual cae como una ceniza que contiene
la sal o el mercurio de los filósofos.
En esta primera operación, se observa que la disolución o el agua
se transforma en tierra, y ésta, por sutilización o sublimación,
se convierte en aire puro.
Allí se interrumpe el primer trabajo.
Se toma esta ceniza, que se hace disolver, poco a poco, con la ayuda
del nuevo espíritu astral, dejando, después de la disolución y decantación,
una tierra negra que contiene el azufre fijado.
Sin embargo, si reiteramos la operación sobre esta última disolución,
tal como lo acabamos de describir, se obtiene una tierra más blanca
que la primera vez, la cual es la primer “aguila” y se reitera así
de siete a nueve veces. Por este medio se obtiene elmentruo universal,mercurio
de los filósofos o ázoe con cuya ayuda se extrae la fuerza activa
y particular de cada cuerpo.
Es conveniente observar aquí, antes de pasar de la primer “águila”,
al igual que a las siguientes, que hay que repetir la operación
precedente sobre la ceniza que queda, si la sal, por el fuego central
de la materia, no se eleva suficientemente por la sublimación filosófica,
a fin de que, después de la operación, solo quede una tierra negra,
despojada de su mercurio.
Préstese aquí mucha atención: después de que la materia se hincha
durante la fermentación que sigue a la disolución, se forma, en
la parte superior de la materia, una especie de piel nueva, debajo
de la cual se halla una infinidad de burbujitas que contienen el
espíritu. Es entonces cuando hay que manejar el fuego con prudencia,
puesto que el espíritu adopta una forma aceitosa y adquiere cierto
grado de sequedad.
Cuando se vierte en la tierra, poco a poco, la cantidad de agua
necesaria para que se disuelva, hay que tener cuidado de no empezar
a embeberla antes de que la tierra se haya secado convenientemente.
Tan pronto se disuelve la materia, ésta se hincha, entra en fermentación
y produce un ligero ruido que emana en forma de burbujas.
A fin de realizar bien la operación que acabo de describir, es necesario
observar el peso, el fuego del atanor y el tamaño del vaso.
El peso debe consistir en la cantidad de espíritu astral necesario
para disolver la materia.
El fuego exterior del atanor no debe ser demasiado y hay que dirigirlo
de manera que no haga evaporar las burbujas que contienen el espíritu,
sin que ni la “nata” ni el azufre ardan sumándose al fuego exterior,
todo esto de modo que el fuego se impulse bastante lejos de la materia
seca después de la fermentación o putrefacción de ella, a fin de
no ver lo rojo antes de lo negro.
Por último, el tamaño del vaso debe calcularse según sea la cantidad
de la materia, de manera que solamente contenga una cuarta parte
de su capacidad. Entiéndase bien esto: tampoco hay que olvidar que
la misteriosa solución de la materia o las bodas mágicas de Venus
con Marte se realizan en el templo del que ya he ha blado, en una
bella noche, con el cielo sin nubes y en calma, el Sol en el signo
de Géminis, y la Luna en su primer cuarto total, con la ayuda del
amante que atrae es espíritu astral del cielo, el cual se rectifica
siete veces hasta que pueda calcinar el oro.
Una vez que la operación culminó, se posee el ázoe, el mercurio
blanco,la sal o el fuego secreto de los filósofos.
Algunos sabios hacen que se disuelva directamente en la menor cantidad
de espíritu astral necesario para tomar una disolución espesa. Después
de diluido, ellos lo dejan en un lugar frío para obtener tres capas
de sal.
La primera sal tiene el aspecto del silicio, y la segunda, la del
salitre con pequeñísimas agujas. La tercera, es una sal fija alcalina.
Los filósofos las emplean separadamente, y hay otros que las juntan,
como lo indica A. de Villeneuve en su Pequeño Rosario (Petit Rosaire),
de 1306, bajo el título de “Dos Plomos”, y las disuelven en cuatro
veces su peso de espíritu astral a fin de realizar todas las operaciones.
La primera sal es el verdadero mercurio de los filósofos, es la
llave que abre todos los metales, con cuya ayuda se extraen sus
tinturas; disuelve radicalmente todo, fija y madura todo de manera
pareja y, por ser de naturaleza fría y coagulante, fija todo.
En síntesis, es una esencia universal muy activa, es el vaso en
el que se efectúan todas las operaciones filosóficas. Por lo tanto,
se observa que el mercurio de los sabios es una sal que ellos denominan
agua seca que no moja las manos.
Sin embargo, para su utilización hay que disolverla en el espíritu
astral, como ya lo dijimos. Se emplean diez partes de mercurio por
uno de oro.
La segunda sal se usa para separar lo puro de lo impuro, y la tercera,
para aumentar nuestro mercurio de manera continua.
Inicio | Elmmer Fox| Kibalion| Artículos| Papus| Régimen Escocés Rectificado| Louis Claude de Saint Martín| Jean Marie Ragon| Enlaces| Enlaces Martinistas|