ALQUIMIA
Tradición que no murió
Dr. Gerard Encausse (Papus)
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo I
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo II
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo III
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo IV
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo V
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo VI
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo VII
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo VIII
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo IX
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo X
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XI
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XII
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XIII
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XIV
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XV
- Alquimia Tradición que no murió Capítulo XVI
Capítulo VII
La Validez De La Piedra Filosofal
Lo expuesto responde a todas las condiciones requeridas.
Sin embargo, Figuier, sabedor de cuán difícil es explicar esto,
añadió algunas explicaciones en una edición posterior de su obra
(1860). Deseoso de hallar por todas partes, a priori, la existencia
de fraude, éste fue el argumento principal que esgrimió: el alquimista
contrató un cómplice, el cual introdujo en los crisoles de Helvetius
un compuesto de oro de fácil descomposición con el calor.
¿Es necesario demostrar la ingenuidad de esta objeción?
- ¿Cómo habría que elegir precisamente el crisol que tomaría Helvetius?
- ¿Cómo pensar que él fuera tan tonto como para no diferenciar un crisol vacío de uno lleno, o bien, una aleación de un metal?
- ¿Por qué no tomarse el trabajo de releer el relato de los hechos? Entonces, Figuier habría advertido dos cuestiones importantes: En primer lugar, la siguiente frase: Tomó una onza y media de plomo. Esto indica que la pesó, la manipuló y estuvo en condiciones de verificar fácilmente si era plomo de verdad.
- A continuación, este pormenor: tapó convenientemente su crisol, lo cual impide toda evaporación ulterior.
- Aunque supongamos incluso que Helvetius fue realmente engañado y que, siendo un experimentado sabio, confundiera al oro con el plomo, la prueba de la transmutación no resulta menos evidente, pues los críticos olvidan siempre el siguiente hecho: Si existe una aleación que oculta en sí al oro, entonces, después de la evaporación u oxidación, pesará mucho menos que el metal inicialmente empleado.
Por el contrario, si con cualquier procedimiento
se agregó oro, el lingote pesará mucho más que el metal inicialmente
empleado. Ahora bien, la transmutación de Claude Guillermet de Bérigard
(o Beauregard), de Pisa (¿1578?-1664), que comentaremos más adelante,
prueba irrefutablemente la nulidad de tales argumentaciones.
Finalmente, para destruir para siempre lo que Figuier afirma, basta
señalar que tanto los orfebres de La Haya como el aquilatador de
las monedas de Holanda comprueban la pureza absoluta de aquel oro,
lo cual sería imposible si hubiera existido cualquier aleación.
Aquí cae por su propio peso la explicación que la crítica da a este
hecho:
“En la actualidad, solo podemos explicar estos hechos admitiendo
que el mercurio o el crisol utilizados ocultaban cierta cantidad
de oro, disimulada con una habilidad maravillosa”.
Hemos dicho que un solo hecho plenamente comprobado bastaba para
demostrar la existencia de la Piedra Filosofal. Sin embargo, son
tres los hechos sujetos a las mismas condiciones. Veamos los otros
dos: Esto es lo que relata Bérigard de Pisa, citado por el mismo
Figuier:
- “Contaré lo que otrora me sucedió cuando yo tenía muchísimas dudas de que el mercurio pudiera convertirse en oro. Un hombre diestro, deseoso de quitarme esas dudas, me dio una porción de polvo cuyo color era bastante parecido al de la amapola silvestre, y cuyo olor era el de la sal marina calcinada.
- “Para destruir toda suposición de fraude, yo mismo compré el crisol, el carbón y el mercurio a diferentes comerciantes a fin de que por nada del mundo pudiera haber oro en algunos de esos elementos (pues esto lo hacen frecuentemente los que convierten a la Alquimia en un embuste).
- “Agregué un poco de polvo a diez medidas de mercurio, expuse todo a un fuego bastante fuerte y, en poco tiempo, toda la masa se convirtió en casi diez medidas de oro. Diversos orfebre s lo pusieron a prueba y reconocieron que era oro purísimo. “Si este hecho me hubiera ocurrido sin testigos, sin la presencia de árbitros extranjeros, yo habría podido suponer la existencia de algún fraude.
- “Sin embargo, puedo asegurar, con confianza, que el hecho ocurrió tal como yo lo cuento.”
He aquí, además, que quien realiza esa operación
es un sabio, pero conoce las tretas de los embaucadores y, para
evitarlas, emplea todas las precauciones imaginables.
Finalmente, citamos también la transmutación efectuada por François-Mercurie
van Helmont (1618-1699), en su laboratorio de Vilvorde, cerca de
Bruselas.
Van Helmont recibió de un desconocido un cuarto de grano de Piedra
Filosofal. Se lo enviaba un adepto que, al descubrir el secreto,
deseaba convencer de su realidad al ilustre sabio cuyos trabajos
honraban a su época.
El mismo van Helmont llevó a cabo esa experiencia él solo, en su
laboratorio. Con el cuarto de grano de polvo, que recibió del desconocido,
transformó ocho onzas de mercurio en oro.
Hay que convenir que este hecho era un argumento casi irrefutable
que podía invocarse en favor de la existencia de la Piedra Filosofal.
Era difícil engañar a Van Helmont, el químico más diestro de su
tiempo.
Él mismo era incapaz de toda impostura y no tenía interés alguno
en mentir, pues jamás aprovechó para nada lo que él observó.
Por último, puesto que la experiencia tuvo lugar fuera de la presencia
del alquimista, es difícil comprender cómo pudo deslizarse allí
el fraude. Van Helmont quedó tan convencido del hecho que pasó a
ser declarado partidario de la Alquimia.
En honor de esta aventura, a su hijo recién nacido le puso el nombre
de Mercurios. Por lo demás, este Mercurios Velmont no desmintió
su bautismo alquímico.
Hizo que Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) compartiera su modo
de pensar. Durante toda su vida buscó la Piedra Filosofal. Es verdad
que no la halló, pero difundió fervorosamente sus conocimientos.
Retomemos ahora esos tres relatos y comprobaremos que responden
a las condiciones científicas planteadas. En efecto, ¿el mercurio
o el plomo contenían oro? No lo creo, sí tengo en cuenta:
- Que ni Helvetius, ni van Helmont, ni Bérigard de Pisa creían en la Alquimia, estaban en la misma situación y no los divertía hacerlo;
- Que en ningún caso el alquimista tocó los objetos empleados;
- Finalmente, en la transmutación de Bérigard de Pisa, si el mercurio hubiera contenido oro y éste hubiera quedado solo, después de volatilizarse el primero, el lingote obtenido habría pesado mucho menos que el mercurio empleado, lo cual no ocurrió.
No podrá creerse que, después de estos argumentos, la lista concluya: persiste en el mundo, por lo menos, un argumento nada veraz, por cierto, pero tanto más peligroso:
- Todos estos relatos, extraídos de libros impresos, no son la obra de los autores que los firman, sino de hábiles alquimistas impostores.
Ciertamente, estamos frente a una objeción terrible,
que parece destruir todo nuestro trabajo. Sin embargo, la verdad
puede todavía aparecer victoriosa.
En efecto, existe una carta perteneciente a una tercera persona,
tan eminente como las otras. La dirigió el filósofo Baruch Spinoza
(1632-1677) a Jarrig Jellis. La misiva prueba irrefutablemente que
la experiencia de Helvetius fue real.
He aquí el pasaje importante:
- “Después de conversar con Voss sobre el asunto de Helvetius, se burló de mí, asombrándose de verme ocupado en tales bagatelas. “Para asegurarme de la verdad, acudí a lo del monedero Brechtel. Este, que había puesto a prueba el oro, me aseguró que, durante la fusión, había aumentado incluso más su peso cuando introdujo plata en él. Era preciso, pues, que ese oro, que transformó la plata en oro nuevo, fuese de un carácter muy particular.
- “No solamente Brechtel, sino incluso otras personas que habían asistido a la prueba, me aseguraron que lo ocurrido fue así. “En seguida fui a ver a Helvetius y él mismo me mostró el oro y el crisol que todavía contenía un poco de oro pegado en sus paredes. Me dijo que había introducido apenas, en el plomo fundido, Piedra Filosofal del tamaño de un cuarto de grano de trigo. Agregó que hará conocer este hecho al mundo entero.
- “Parece que este adepto ya efectuó la misma experiencia en Ámsterdam. Todavía es posible encontrarle en dicha ciudad.
- “Estas son todas las informaciones que pude obtener sobre este tema.
- “Booburg, 27 de marzo de 1667. Spinoza”
(Opera posthuma, página 553)
Tales son los hechos que crearon en mí esta convicción:
- Hay pruebas irrefutables de que la Piedra Filosofal existe, a menos que se niegue para siempre el testimonio de los textos, de la historia y de los hombres.
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